domingo, 22 de marzo de 2009

La historia de un voyeaur



"Hola, me llamo Juan, tengo 36 años, estoy casado y tengo una mujer preciosa y una hija pequeña de tres años, es rubia como su madre y tienen los mismos ojos. Como decía, me llamo Juan y soy voyeaur y banquero en mis ratos libres. No es que me guste serlo, lo de ser banquero digo. Si por mí fuera, me pasaría las 8 horas de oficina espiando a través de los arbustos, los pequeños y casi inexistentes agujeros en las paredes lisas y suaves... observar cómo una pareja de jóvenes hace el amor en la playa, dan rienda suelta a su pasión, inconscientes de que a unos metros de distancia un jugador observa todo desde el banquillo con unos catalejos de primera y un gran bulto entre las piernas."
Los voyeurs al igual que los drogadictos tenemos una rutina de obligado cumplimiento: elegir a nuestro proveedor, catar su mercancia y si es buena, te haces habitual. Porque un voyeaur no puede pasarse la vida persiguiendo a jóvenes en parques y lavavos públicos, también tenemos nuestras comodidades. Mi proveedor se llama Eduardo. Eduardo es un jóven de 24 años que trabaja en un hotel céntrico de cinco estrellas. El muy cabrón se encarga de las cámaras de vigilancia y aprovechando que controla mucho las nuevas tecnologías y que es un vicioso enfermizo, colocó dos minúsculas videocámaras en las elegantes duchas de las habitaciones más lujosas de aquel hotel.
Todos los mediodías me acercaba al hotel y me pasaba las mejores cintas seleccionada cuidadosamente a gusto del consumidor. Aún recuerdo con cierto cariño las tardes enteras en el hotel con Eduardo cuando organizaba una serie de catas para ver que situaciones me excitaban más y luego sólo pasarme esas cintas, y como pasa con las drogas, para llegar a la más pura antes has tenido que chupar mucha tiza. Aunque según me explicaba Eduardo con gran entusiasmo, había gente que se empalmaba con viejas pellejosas luchando contra el agua y el jabón de una manera lamentable, aunque como descubriría más tarde, creo que era a el propio Eduardo al que le excitaban ese tipo de situaciones.
También, para mi sorpresa, existen asociaciones de voyeurs anónimos, yo pensaba que sólo existían mierdas como Proyecto Hombre y Alcohólicos Anónimos, esa gentuza me da a mí tanto asco como el que os puedo producir yo a vosotros. Y de hecho, el panoli que llevaba el negocio clandestino, parecía haber salido de uno de esos antros a medio recuperar. En serio, tendriais que verle. Al hombre no le faltaba espíritu pero con la mierda de terapia de choque o no sé que ostias que pretendía llevar a cabo, en la que no dejaba de ponernos videos suculentos altamente sexuales mientras nos hablaba, gritaba mejor dicho, acerca de nuestra mala conducta como un cura de la Inquisición, la gente terminó por llevarse tapones de oídos a la sesión y se acabó convirtiendo en una especie de videoclub para depravados. Ese tio habría visto la Naranja Mecánica pero claramente no había aprendido nada de ella, seguramente, porque la vería colocado el muy hijo de puta.
Hace un año que no visito a Eduardo. El otro día me lo encontré en el cine, viendo una película de 007, no me sorprendió porque en alguna ocasión ya habíamos hablado de nuestra pasión por 007. Él era más de Sean Connery y yo era más de Roger Moore. Me dijo que había dejado el negocio por miedo a que lo descubrieran y lo metieran en chirona. Eso me relajó mucho porque ya que yo había dejado también el hábito un poco de lado, era bueno saber que todas las posibles pruebas que arruinarían mi políticamente correcta vida actual, eran ya inexistentes.
"Hola, me llamo Juan, tengo 42 años, estoy casado y tengo una mujer preciosa y dos hijas. La mayor de 9 años, es rubia como su madre y tienen los mismos ojos. La pequeña tiene 4 años y se parece más a mí. Como decía, me llamo Juan y soy ..."

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